«¡Ay, si yo fuera pintor!», crítica, texto y traducción


Sinopsis

[tomado de Documents of Latin American and Latino Art del ICAA]

Bajo el título de “‘¡Ay, si yo fuera pintor!’: Crítica, texto y traducción”, el artista y crítico Lucas Ospina escribe un oportuno ensayo. Fue divulgado en el segundo número de la publicación periódica Cuadernos Grises del departamento de Artes de la Universidad de los Andesen el mes de julio de 2006. A partir del texto del crítico francés Denis Diderot en torno a la obra Le grand prêtre Corésus se sacrifie pour sauver Callirhoé (1765) del pintor Jean-Honoré Fragonard —encargado a Diderot por el Barón de Grimm—, Ospina realiza un análisis crítico. En él señala la manera en que Diderot articula (tanto en sus afirmaciones como en la forma de escritura sobre crítica del arte) comentarios sobre la importancia de la descripción, la pérdida y la ganancia en la traducción de una obra al texto crítico, la lectura de las piezas ya sea como artificios o bien como mecanismos ilusorios para la interpretación del mundo real. Enfatiza él la posición de diálogo y apertura que la crítica debería mantener frente a los errores y los aciertos que operan como cualidades partícipes de las obras. 

Anotaciones

El ensayo de Lucas Ospina (n. 1971) es pertinente al situarse como parámetro de comprensión para la teoría crítica y la forma estructural de la escritura que el autor colombiano emplea en sus textos críticos y curatoriales. De este modo, el documento se devela como una especie de declaración en torno a la crítica de arte en cuanto a práctica de traducción concierne. Esta debe estar al servicio de la obra, en vez de argumentar juicios de valor únicos para instaurarse en su contra o a favor. Tal posición —al establecer la crítica como espacio de diálogo y oportunidad para comentar el arte entendido como práctica institucional— afirma la operación crítica ejecutada desde una práctica autónoma, y se urde en la construcción de textos y de obras autónomas como imágenes; sin embargo, ambas son insuficientes la una sin la otra. Todo esto va estableciendo el ejercicio descriptivo en la crítica como único vehículo para entablar tanto las relaciones y el dialogo como la interpretación en consecuencia de la práctica de la crítica.   

Es importante señalar que las afirmaciones del artista y crítico colombiano provienen de la concienzuda lectura y reconocimiento que Ospina hace de las estructuras del lenguaje utilizadas en el texto de Denis Diderot (1713–84) por medio de la narración como un sueño de la obra Le grand prêtre Corésus se sacrifie pour sauver Callirhoé (1765) del pintor Jean-Honoré Fragonard (1732–1806). En ese escrito se instaura la pieza como realidad narrativa próxima a cualquier lector, desvinculándola de la excluyente esfera del arte especializada y revelando la obra como construcción imaginaria de códigos comunes a todos. Es ahí donde la descripción permite señalar puntos de fuga para las posibles interpretaciones; ahí se instaura la crítica como punto neutral y utilitario que no determina explicativamente soluciones finales y canónicas de las lecturas. Importa resaltar el papel otorgado por Ospina, tanto a la crítica como elemento para hacer de las obras productos más accesibles al público como la visión de las carencias, no como defectos,sino como elementos de apertura a la construcción de diálogos entre el espectador, el artista y la obra.

Carlos Eduardo Monroy Guerrero



Coreso y Calirroe
Jean~Honoré Fragonard
309 x 400 cm
1765

JEAN HONORÉ FRAGONARD

Me es imposible, amigo mío, hablarle de este cuadro, pues usted sabe que ya no estaba en el Salón cuando tuve noticia de la sensación general que produjo. A usted le corresponde dar cuenta de ello; charlaremos juntos; estará bien porque quizá descubramos por qué después de un primer atributo de elogios dirigidos al artista, después de las primeras exclamaciones, el público pareció enfriarse. Toda composición cuyo éxito no se mantiene carece de verdadero valor. Pero para completar este artículo sobre Fragonard, le voy a contar una visión bastante extraña que me atormentó la noche que siguió a un día en el que había pasado la mañana viendo cuadros y la tarde leyendo algunos diálogos de Platón.

La caverna de Platón

Me pareció que estaba encerrado en el lugar que llaman la caverna de este filósofo. Era una cueva larga y oscura. Yo estaba sentado entre la multitud de hombres, mujeres y niños. Todos teníamos los pies y las manos encadenados y la cabeza tan bien sujeta entre planchas de madera que nos resultaba imposible girarla. Pero lo que me sorprendía era que casi todos bebían, reían, cantaban, sin que al parecer les molestaran las cadenas, y, viéndoles, usted hubiera dicho que era su estado natural; incluso me parecía que miraban con malos ojos a los que hacían algún esfuerzo por recuperar la libertad de los pies, las manos y la cabeza, que les llamaban con nombres odiosos, que se alejaban de ellos como si estuvieran infectados de un mal contagioso y que, cuando ocurría algún desastre en la caverna, no dejaban de acusarles de él. Inmovilizados como acabo de decirle, todos estábamos de espaldas a la entrada de la caverna y sólo podíamos mirar el fondo que estaba tapizado por una inmensa tela. Detrás de nosotros, había reyes, ministros, sacerdotes, doctores, apóstoles, profetas, teólogos, políticos, bribones, charlatanes, artesanos de ilusiones y una gran tropa de mercaderes de esperanzas y temores. Cada uno de ellos tenía una provisión de figuritas transparentes y coloreadas propias de su estado y todas las figuras estaban tan bien hechas, tan bien pintadas, eran tantas y tan variadas, que con ellas había que suministrar la representación de todas las escenas cómicas, trágicas y burlescas de la vida.

Estos charlatanes, como vi después, situados entre nosotros y la entrada de la caverna, tenían tras ellos una gran lámpara colgada, a cuya luz exponían sus figuritas; sus sombras pasaban por encima de nuestras cabezas y agrandándose por el camino iban a proyectarse en la tela extendida al fondo de la caverna y formaban escenas en ella, pero escenas tan naturales, tan verdaderas, que las tomábamos por reales, y unas veces nos hacían reír a mandíbula batiente y otras nos hacían llorar a lágrima viva, cosa que no le parecerá muy extraña, si tiene en cuenta que detrás de la tela había otros bribones subalternos, pagados por los primeros, que prestaban a las sombras los acentos, los discursos, las verdaderas voces de los papeles que representaban.

A pesar del hechizo de la representación, había en la multitud alguno de nosotros que desconfiaba, que sacudía de vez en cuando las cadenas y tenía verdaderos deseos de librarse de las planchas y de girar la cabeza; pero, inmediatamente, unas veces uno y otras otro de los charlatanes que teníamos a la espalda se ponía a gritar con voz potente y terrible: “¡No se te ocurra girar la cabeza! ¡Ay del que agite su cadena! Respecto a las planchas…”. En otra ocasión le diré lo que les ocurría a los que ignoraban el consejo de la voz, los peligros que corrían, las persecuciones que tenían que sufrir; pero será cuando hagamos filosofía. Hoy que tratamos de cuadros, prefiero describirle algunos de los que vi en la gran tela; le juro que eran totalmente equiparables a los mejores del salón. Al principio en la tela todo parecía deslavazado, las figuras lloraban, reían, jugaban, bebían, cantaban, se mordían los puños, se arrancaban el pelo, se acariciaban, se azotaban; en el momento en que uno se ahogaba, otro era ahorcado y un tercero subido a un pedestal; pero a la larga todo se enlazaba, se aclaraba y se entendía. Esto es lo que ví pasar allí en diferentes intervalos que acortaré para abreviar.

En primer lugar había un joven, con su larga indumentaria sacerdotal en desorden, la mano armada de un tirso, la frente coronada de hiedra, que vertía de un gran jarrón antiguo torrentes de vino en anchas y profundas copas que llevaba a la boca de varias mujeres de ojos extraviados y cabellos en desorden. Él se emborrachaba con ellas, ellas se emborrachaban con él, y cuando estaban borrachos, se levantaban y echaban a correr por las calles lanzando gritos que eran una mezcla de furia y alegría. La gente, impresionada por los gritos, se encerraba en sus casas y temía encontrarse a su paso: podían despedazar al temerario que se interpusiera en su camino y ví que lo hacían a menudo. Pues bien, amigo mío, ¿qué me dice de todo esto?

Grimm.—Digo que he ahí dos cuadros bastante bellos, aproximadamente del mismo género.

Diderot.—Pues hay un tercero de un género diferente. El joven sacerdote que guiaba a las mujeres furiosas poseía una bellísima figura; lo advertí y me pareció, durante mi sueño, que, sumergido en una embriaguez más peligrosa que la del vino, se dirigía con la cara, el gesto y los discursos más apasionados y más tiernos a una muchacha cuyas rodillas abrazaba en vano y que se negaba a escucharle.

Grimm—Éste, no por tener sólo dos figuras sería más fácil de hacer.

Diderot—Sobre todo si se trataba de darles la expresión poderosa y el carácter poco común que tenían en la tela de la caverna. Mientras el sacerdote solicitaba inútilmente a la inflexible joven, de repente oigo al fondo de las viviendas gritos, risas, aullidos y veo salir de ellas padres, madres, mujeres, muchachas, niños. Los padres se precipitaban sobre sus hijas que habían perdido todo sentimiento de pudor, las madres sobre sus hijos que las ignoraban, los niños de diferente sexo mezclados, confundidos, rodaban por el suelo; era un espectáculo de alegría extravagante, de vicio desenfrenado, de inconcebible embriaguez y furor. ¡Ay, si yo fuera pintor! Todavía tengo esas caras presentes en mi pensamiento.

Grimm— Conozco un poco a nuestros artistas y le juro que no hay uno solo capaz de esbozar semejante cuadro.

Diderot—En medio de aquel tumulto, varios ancianos que se habían salvado de la epidemia, con los ojos bañados en lágrimas, prosternados en un templo golpeaban el suelo con la frente, besaban de modo suplicante los altares del dios, y entonces oigo muy claramente cómo el dios o quizá el bribón subalterno que estaba detrás de la tela, dice: “Que muera, o que alguien muera por ella”.

Grimm—Pero, amigo mío, al ritmo que usted sueña, ¿sabe que bastaría uno solo de sus sueños para una galería entera?

Diderot.—Espere, espere, déjeme terminar. Yo estaba terriblemente impaciente por conocer cuál sería la consecuencia de aquel oráculo funesto, cuando el templo se abrió de nuevo ante mis ojos. El suelo estaba cubierto de una alfombra roja con una ancha franja de oro bordada; esta rica alfombra y su franja caían sobre un largo escalón que se extendía a todo lo largo de la fachada. A la derecha, cerca del escalón, había una de esas grandes vasijas para el sacrificio destinadas a recibir la sangre de las víctimas. A cada lado de la parte del templo que yo descubría, dos grandes columnas de un mármol blanco y transparente parecían dirigirse hacia la bóveda. A la derecha, al pie de la columna más próxima, habían colocado una urna de mármol negro, cubierta en parte por los paños propios de las ceremonias sangrientas. Al otro lado de la misma columna, había un gran candelabro de forma muy noble; era tan alto que poco faltaba para que alcanzara el capitel de la columna. En el espacio entre las dos columnas del otro lado, había un gran altar o trípode triangular sobre el cual estaba encendido el fuego sagrado. Yo veía el resplandor rojizo de las brasas ardientes y el humo de los perfumes me ocultaba una parte de la columna interior. Tal es el escenario de una de las más terribles y más impresionantes representaciones que se ejecutaron en la tela de la caverna durante mi visión.

Grimm—Pero dígame, amigo mío, ¿no ha confiado su sueño a nadie?

Diderot—No, ¿Por qué me lo pregunta?

Grimm—Porque el templo que usted acaba de describir es exactamente el lugar de la escena del cuadro de Fragonard.

Diderot—Es posible. Había oído hablar tanto de ese cuadro los días anteriores, que, al tener que hacer un ejemplo en sueños, habré hecho el suyo. Sea como fuere, mientras mis ojos recorrían el templo y los preparativos que presagiaban algo que me oprimía el corazón, ví llegar solo a un joven acólito vestido de blanco; tenía la expresión triste. Se puso en cuclillas al pie del candelabro y apoyó los brazos en el saliente de la base de la columna interior. Le siguió un sacerdote. El sacerdote tenía los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza totalmente inclinada y parecía absorto en el dolor y la más profunda reflexión; avanzaba a paso lento. Yo esperaba que levantara la cabeza; lo hizo dirigiendo los ojos al cielo y lanzando una exclamación terriblemente dolorosa que acompañé con un grito cuando reconocí al sacerdote. Era el mismo al que había visto unos instantes antes acosar con tanta insistencia y tan poco éxito a la inflexible joven; también estaba vestido de blanco; seguía siendo bello, pero el dolor había causado una profunda impresión en su rostro. Tenía la frente coronada de hiedra y llevaba en la mano derecha el cuchillo sagrado. Fue a situarse de pie a cierta distancia del joven acólito que le había precedido. Vino un segundo acólito que le había precedido. Vino un segundo acólito, vestido de blanco, que se quedó tras él.

Después ví entrar a una muchacha; también estaba vestida de blanco y una corona de rosas le ceñía la cabeza. La palidez de la muerte cubría su cara, sus rodillas temblorosas le flaqueaban; apenas tuvo fuerzas para llegar hasta los pies de aquel que tanto la adoraba, porque había sido ella la que tan orgullosamente había rechazado su ternura y sus súplicas. Aunque todo ocurrió en silencio, no había más que mirarles a uno y otra y recordar las palabras del oráculo, para comprender que ella era la víctima y que el iba a ser su sacrificador. Cuando estuvo cerca del gran sacerdote, su desdichado amante, ¡ay!, mil veces más desdichado que ella, las fuerzas la abandonaron completamente y cayó sobre el lecho o el lugar mismo en el que tenía que recibir el golpe mortal. Tenía la cara vuelta hacia el cielo, sus ojos estaban cerrados, sus brazos que la vida parecía haber abandonado le colgaban a ambos lados, la parte posterior de su cabeza casi tocaba las vestiduras del gran sacerdote, su sacrificador y su amante; el resto de su cuerpo estaba tendido, solamente el acólito que se había quedado detrás del gran sacerdote lo mantenía un poco levantado.

Mientras el desdichado destino de los hombres y la crueldad de los dioses o de sus ministros, porque los dioses no son nada, me tenían absorto, y mientras enjugaba algunas lágrimas que se habían escapado de mis ojos, había entrado un tercer acólito, vestido de blanco como los demás y con la frente coronada de rosas. ¡Qué guapo era aquel joven! No sé si era su modestia, su juventud, su dulzura, su nobleza lo que me interesaban, pero me pareció que dab cien vueltas incluso al gran sacerdote. Se había agachado a cierta distancia de la víctima desvanecida y sus ojos enternecidos estaban fijos en ella. Un cuarto acólito, también con traje blanco, fue a colocarse cerca del que sostenía a la víctima y puso en su otra rodilla un gran barreño que cogió por los bordes como para presentarlo a la sangre que iba a manar.
Este barreño, la situación de este acólito y su acción designaban por demás la cruel función. Entretanto habían acudido al templo muchas otras personas. Los hombres, compasivos por naturaleza, buscan en los espectáculos crueles el ejercicio de esta cualidad.

Distinguí hacia el fondo, cerca de la columna interior del lado izquierdo, a dos sacerdotes mayores, de pie, y notables por el irregular turbante con que estaban envueltas sus cabezas, la severidad de sus caracteres y la gravedad de su actitud.

Había casi fuera, contra la columna interior del lado izquierdo, a dos sacerdotes mayores, de pie, y notables por el irregular turbante con que estaban envueltas sus cabezas, la severidad de sus caracteres y la gravedad de su actitud.

Había casi fuera, contra la columna anterior, del mismo lado, una mujer sola; un poco más lejos y más hacia fuera, otra mujer con la espalda apoyada contra un hito y un niño pequeño desnudo sobre sus rodillas. La belleza del niño y quizá más aún el singular efecto de la luz que los iluminaba a su madre y a él, los fijaron en mi memoria. Más allá de estas mujeres, pero en el interior del templo, otros dos espectadores, precisamente entre las dos columnas, justo enfrente del altar y de las brasas ardiendo, un anciano del cual me impresionaron su expresión y sus cabellos grises. Supongo que el espacio más alejado estaba lleno de gente, pero desde el lugar que ocupaba en mi sueño y en la caverna, no podía ver más.

Grimm—Porque no había nada más que ver, porque ahí están todos los personajes del cuadro de Fragonard y porque aparecieron en su sueño colocados exactamente como en el lienzo.

Diderot—Si es así, ¡qué bello cuadro ha pintado Fragonard! Pero escuche el resto. El cielo brillaba con purísima claridad; el sol parecía derramar toda la masa de su luz en el templo y complacerse en reunirla sobre la víctima, cuando las bóvedas se oscurecieron de densas tinieblas que, extendiéndose sobre nuestras cabezas y mezclándose en el aire, en la luz, produjeron un repentino horror. A través de las tinieblas vi planear a un genio infernal, lo ví: unos ojos extraviados le salían de la cabeza; llevaba un puñal en una mano y con la otra agitaba una antorcha encendida; gritaba. Era la desesperación, y el amor, el temible amor, lo llevaba a la espalda. En ese instante el gran sacerdote coge el cuchillo sagrado y levanta el brazo; creo que va a golpear a la víctima, que va a clavarlo en el pecho de aquella que le rechazó y que el cielo le ha entregado; en absoluto: se golpea a sí mismo. Un grito general atraviesa y rompe el aire. Veo a la muerte y sus síntomas vagar por las mejillas, por la frente del tierno y generoso infortunado; las rodillas le flaquean, la cabeza se le cae hacia atrás, uno de sus brazos queda colgando, y la mano con la que cogió el cuchillo lo sostiene todavía clavado en el corazón. Todas las miradas están fijas o temen fijarse en él; todo revela tristeza y espanto. El acólito que está al pie del candelabro tiene la boca entreabierta y mira con espanto; el que sostiene el barreño funesto alza unos ojos espantados; el rostro y los brazos extendidos del que me pareció tan bello muestran todo su dolor y todo su espanto; los dos sacerdotes mayores cuyas crueles miradas seguramente tan a menudo se han alimentado del vapor de la sangre con la que han rociado los altares, no han podido resistirse al dolor, a la conmiseración, al espanto, compadecen al desdichado, sufren, están horrorizados; la mujer sola apoyada contra una de las columnas, presa de horror y espanto, se ha vuelto súbitamente; y la que tenía la espalda contra un hito, se ha echado hacia atrás, se ha llevado a los ojos una de las manos y su otro brazo parece querer apartar de ella el pavoroso espectáculo; la sorpresa y el espanto están pintados en las caras de los espectadores que están lejos de ella, pero nada iguala a la consternación y el dolor del anciano de los cabellos grises, cabellos que se le han puesto de punta sobre la frente; me parece estar viéndolo, con la luz de las brasas ardientes iluminándolo y los brazos extendidos sobre el altar: veo sus ojos, veo su boca, le veo abalanzarse, oigo sus gritos, me despiertan, la tela se repliega y la caverna desaparece.

Grimm—Es el cuadro de Fragonard, el mismo con todo su efecto.

Diderot—¿De verdad?

Grimm—Es e mismo templo, la misma ordenación, los mismos personajes, la misma acción, los mismos caracteres, elmismo interés general, las mismas cualidades, los mismos defectos. En la caverna usted no vio sino los simulacros de los seres, y Fragonard en su lienzo tampoco le habría mostrado más que los simulacros. Usted ha tenido un bello sueño y él ha pintado un bello sueño. Cuando se pierde de vista su cuadro por un momento, siempre se teme que su lienzo se repliegue como el suyo y que los interesantes y sublimes fantasmas se hayan desvanecido como los de la noche. Si usted hubiera visto su cuadro, le habría impresionado la misma magia de la luz y el modo en que las tinieblas se fundían con ella, lo lúgubre que esta mezcla resultaba en todos los puntos de la composición; habría experimentado usted la misma conmiseración, el mismo espanto; habría visto como la masa de luz, fuerte al principio, se degradaba con una velocidad y un arte sorprendentes; habría advertido los ecos introduciéndose majestuosamente entre las figuras. Ese anciano cuyos penetrantes gritos le despertaron estaban en el mismo lugar y tal como usted lo vio, y las dos mujeres y el niño pequeño, todos vestidos, iluminados, horrorizados como usted ha descrito. Están los mismos sacerdotes mayores, con su turbante amplio, grande y pintoresco, los mismos acólitos con sus hábitos blancos y sacerdotales, situados exactamente en su lienzo como el de usted. Aquel que usted encontraba tan bello, era bello en el cuadro como en sus sueño, recibiendo la luz por la espalda, teniendo en consecuencia todas sus partes anteriores en el medio tono o la sombra, efecto de pintura más fácil de soñar que de componer y que no le había quitado ni su nobleza ni su expresión.

Diderot—Lo que usted me dice casi me hace creer que yo, que no lo creo durante el día, tengo tratos con él durante la noche. Pero el instante horripilante de mi sueño, aquel en que el sacrificador se clava el puñal en el pecho, ¿es el mismo que Fragonard ha elegido?

Grimm—Sin ninguna duda. Solamente hemos observado en el cuadro que la vestimenta del gran sacerdote se parecía demasiado a la de una mujer.

Diderot—Espere. Es igual que en mi sueño.

Grimm—También que los jóvenes acólitos, tan nobles y tan encantadores como aparecían, eran de un sexo indefinido, especie de hermafroditas.

Diderot—Eso también es igual que en mi sueño.

Grimm—Que a la víctima tendida, caída, le apretaba en exceso la ropa por abajo.

Diderot—Yo también lo advertí en mi sueño; pero quise honrarla con la decencia, incluso en ese momento.

Grimm—Que su cara de color pálido, poco expresivo, sin matices, sin transiciones, era más bien la de una mujer dormida que la de una mujer desvanecida.

Diderot—Yo la soñé con esos defectos.

Grimm—Respecto a la mujer que tenía el niño en las rodillas, la encontramos maravillosamente pintada y ataviada, y el rayo de la luz que la iluminaba, de gran efecto; el reflejo de la luz sobre la columna anterior, de suprema veracidad; el candelabro, de bellísima forma e imitando perfectamente el oro. Han sido necesarias figuras tan vigorosamente coloreadas como las de Fragonard para mantenerse sobre la alfombra roja con una franja de oro bordada. Las cabezas de los ancianos nos han parecido muy bien hechas y resaltando perfectamente la sorpresa y el espanto, los genios muy furiosos, muy aéreos y el vapor negro que llevaban consigo bien esparcido y añadiendo un terrible vigor a la escena; las masas de sombra realzando del modo más poderoso y más impresionante el deslumbrante esplendor de los claros. Y luego un interés único. Se fijaran donde se fijaran los ojos, se encontraba el espanto, pues estaba en todos los personajes: surgía del gran sacerdote, se extendía, aumentaba por los dos genios, por el vapor oscuro que los acompañaba, por la oscura claridad de las brasas. Era imposible privar al alma de una impresión tan repetida. Era como las sublevaciones populares en que la pasión de la mayoría se apodera de nosotros incluso antes de conocer el motivo. Pero aparte del temor de que ante la primera señal de la cruz todos los bellos simulacros desaparezcan, hay jueces de gusto severo que han creído sentir en toda la composición un cierto elemento teatral que no les ha gustado. Pero digan lo que digan, puede estar convencido de que usted ha tenido un bello sueño y Fragonard ha hecho un bello cuadro. Posee toda la magia, toda la inteligencia y toda la máquina pintoresca. La parte ideal es sublime en este artista a quien no le falta sino un color más verdadero y una perfección técnica que el tiempo y la experiencia pueden proporcionarle.

—Denis Diderot

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