Calvin y Hobbes

Un niño de seis años señala con el dedo una obra de arte y le dice a su compañero, que la contempla absorto: “Una pintura. Conmovedora. Riqueza espiritual. Sublime… Arte elevado”. En la siguiente escena ambos personajes están sentados en el suelo mirando un periódico, el niño le dice a su amigo: “La tira cómica. Insulsa. Juvenil. Comercial. Trabajo chapucero… Arte de masas”. Luego vemos que ambos sostienen una revista, tal vez de arte, con la ilustración de una obra “Pop”, el niño dice: “Una pintura de un panel de una tira cómica. Ironía sofisticada. Filosóficamente confrontadora… Arte elevado.” En la última escena, el niño y su compañero están en el suelo, tienen lápices de colores y hojas de papel en blanco. El compañero, un dulce tigre de peluche de aspecto desgarbado, le dice al niño: “Supón que yo hago una caricatura de una pintura de una tira cómica”. El niño, con la mano alzada, a punto de comenzar un dibujo, le responde de forma categórica y sin despegar la vista del papel: “Inmaduro. Intelectualmente estéril… arte popular”.

Esta sucesión de cuatro escenas es una de las 3160 tiras de Calvin y Hobbes, esa serie de dibujos que el artista estadounidense Bill Watterson comenzó a publicar 1985 y que cerró hace 20 años, en el último diciembre de 1995, cuando consideró que el trabajo estaba cumplido. El periódico fue el espacio de exhibición de esta obra, en el nicho de las “tiras cómicas”, esa zona que, con la masificación de la prensa impresa, tuvo gran auge hasta llegar a ser una separata completa solo dedicada al género, una parte del periódico que hacía sentir grandes a los infantes e infantes a los grandes.

En el pico de la popularidad, Calvin y Hobbes, en su dosis homeopática, era parte de la información diaria de muchas personas. La tira del niño y su tigre, que aparecía en más de 2 000 periódicos de 50 países, hoy apenas sobrevive en algunos de ellos. En Colombia se publica de forma rutinaria en el periódico El Tiempo, donde se le presta poca atención a la rotación (las tiras se repiten) y un operario descuidado, alérgico a la elegancia del monocromo, rellena los espacios en blanco con degrades chabacanos. Desde hace varios años, ese mismo periódico, junto a tantos otros, dejó de publicar su separata dominical de muñequitos. Sin embargo, hace un lustro, gracias al músculo de su popularidad, Watterson pudo abogar por su género, negociar y ganarle a las grandes casas editoriales en la ruleta de la prensa: “Para un editor, el espacio es dinero, pero, para un caricaturista, el espacio es tiempo. La espacialidad es lo que le da tempo y ritmo a la tira y, bien usado, aumenta o disminuye la velocidad de la mirada. Un dibujo espaciado donde vemos a Hobbes desapareciendo a lo lejos es una suerte de frenazo visual. Hay un vacío, el ojo descansa ahí y en el panel se crea una pausa.” Tal vez Watterson sea el último artista que pudo explorar las contingencias de este lugar hoy desaparecido en los periódicos.

Esta no fue su única lucha, hubo otra contra el mercadeo. Calvin y Hobbes es un arte hecho para habitar la celda estática de la historieta gráfica, y no hay, ni habrá, al menos mientras su autor pueda impedirlo, peluches o tazas para bebidas calientes con la imagen de los personajes. Mucho menos habrá películas con unos Calvin y Hobbes animados con la voces de estrellas de Hollywood en 3D y un render a lo Botero, como sucede con Snoppy y Charlie Brown en la recién infantilizada Peanuts, la película. Es mítico el rechazo amable de Watterson a las tentadores ofertas de George Lucas y de Steven Spielberg. Se calcula en cientos de millones de dólares la “pérdida” por esta quimera comercial inexistente, un contraste notorio con otras franquicias donde los ingresos por la obra son superados con creces por lo que se genera con su mercadeo (el nuevo embate de “La Guerra de las Galaxias” —o “Star Wars” para decirlo en blockbuster—, generará US$5000 millones en licenciamientos durante su primer año). Lo que “perdió” Watterson en ingresos lo ganó en tiempo y reclusión para poder dedicarse con plenitud a un solo arte, y para poder trabajar alejado de un comité de abogados y relacionistas públicos que lo separarían de Calvin y Hobbes y que habría terminado por dominar su expresión y contenido.

A la luz de los últimos adminículos tecnológicos y dispersión informativa, Calvin sigue en sus seis años pero la serie ha comenzado a envejecer. Vemos a un niño que es adicto a la televisión pero la ausencia de otro tipo de pantallas y conexión a redes sociales delatan su anacronismo. Sus únicos juguetes siguen siendo un trineo, una caja de cartón que sirve tanto de nave espacial como de duplicador y transformador, las esculturas macabras que hace con muñecos de nieve (fueron elogiadas en una carta a Watterson por un fanático, Stephen King), y un juego solitario y dual (lo juega con Hobbes) llamado “Calvinbol”, donde el cambio permanente de reglas es la única regla.

Los diálogos y situaciones de Calvin y Hobbes solo se animan en la imaginación de cada lector y generan respuestas joviales, extrañas y, en algunos casos, inciertas y oscuras, pues pasa del optimismo de la voluntad a la vulnerabilidad de lo improbable, en un mundo tan rico en capas y variaciones que de forma indirecta, y a veces directa, delata la esterilidad de mucho de ese arte elevado y encumbrado que desfila autosatisfecho por las pasarelas inanes de la Academia, la feria, el museo y la Historia.

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