10 variaciones sobre tipografía, arte y poder

Publicado en Revista Arcadia #164

  1. Univers

Dele vuelta a la revista.


  1. Filosofía

Usted está leyendo este texto. Para leerlo usted fija su atención en las letras. De izquierda a derecha barremos un alfabeto de signos aprendidos, algo queda en el colador mental de retentiva del cerebro y la memoria temporal le inventa una continuidad a lo leído. El eco musical del choque de las letras deja en el cuerpo un zumbido que despierta emociones y pensamientos.

Sin embargo, hay algunos dermatólogos de la imagen que se quedan en la superficie de las letras, un gremio de sensualistas que ven en la tipografía la piel de las palabras y en el espacio circundante un lecho para el diseño (porno) gráfico. A los erotómanos de la letra les basta con recitar suavemente el lenguaje sucio de su oficio para llegar al orgasmo tipográfico: “asta montante”, “barra”, “filete”, “perfil”, “travesaño”, “pie”, “gota”, “hombro”, “ojo”, “hueco”, “panza”, “brazo”, “oreja”, “cuello”, “obucle”, “cruz”, “espiga”, “ápice”, “vértice”, “trazo”, “espolón”, “cola”, “virgulilla”.
Estos ingenieros de la lectura clasifican, conocen y repasan los tipos de molde como lo haría la oficina de casting de un gran estudio de cine: hay tipos altos y bajos, en mayúscula y minúscula, tildados, tabulares, en versalitas; tipos de peso liviano, regular y en negrita; tipos con ejes redondos, regulares, normales o itálicos; tipos de ancho condensado, regular, expandido, con curvaturas y ligaturas o sin ellas, con serifa y sin serifa; tipos de familias viejas o tipos nuevos que despiertan ilusión o sospecha.

En el incierto universo tipográfico conviven la excepción y la regla y, caso a caso, de la A hasta la zeta, se sopesan y analizan los indicadores de una economía que se debate entre la moralidad del orden y la libertad de la forma.
Hay fuentes con más ornamento que función, que solo deberían servir para titular y que usadas en un párrafo solo llevan a un mar de confusión y ahogan al navegante en una sopa de letras. Y hay fuentes con más función que ornamento, que facilitan la vida y le permiten al lector extraer los tesoros de un texto sin nunca percatarse de la herramienta que usó para taladrar la pared de la bóveda letrada.

Si dios está en los detalles, la tipografía es un campo de diabluras: hay tipógrafos ilustrados que ponen los puntos sobre las íes y discuten en el vaticano de las letras sobre la naturaleza mundana de un signo que sufrió la desviación de una puntica; otros, más iconoclastas, se ensayan en darle una interpretación política al fascismo de una tipografía dominante y hacen hogueras con manuales de imagen corporativa: la información es poder y la tipografía comunica ideología.


  1. Helvética

“Creo que estoy en lo correcto si digo que la letra Helvética es el perfume de la ciudad. La letra es algo que usualmente no notamos, pero que extrañaríamos mucho si no estuviera ahí”, dice Lars Miller en el documental Helvética (2007), de Gary Hustwit, una película que alterna la opinión de varios diseñadores con imágenes de la pandemia gráfica que desató esta fuente suiza desarrollada en 1957.

Simon Garfield, en su libro Es mi tipo. Un libro sobre fuentes tipográficas, cuenta el caso de Cyrus Highsmith, un neoyorquino que se impuso un desafío por un día: evitar usar cualquier cosa que tuviera impresa la letra Helvética. Esta especie de alergia autoimpuesta le impidió montar en metro, lo obligó a borrar a la familia de su computador y lo mandó a la calle casi desnudo cuando notó la ominosa letra en las marquillas de su ropa. Esta purga tipográfica afectó su tiempo vital y de ocio: no pudo usar el control remoto de su televisor y hasta quedó temporalmente ilíquido y al borde la inanición: en el dinero, en las tarjetas de crédito y en los empaques de comida detectó la tipografía maldita.

La diseñadora Paula Scher batalló por décadas contra la Helvética: “Era una familia limpia, me recordaba a aquello de limpiar tu habitación. La sentía como un tipo de conspiración de mi madre para que tuviera la casa limpia, como si toda la rebeldía adolescente de dejar mi cuarto desordenado volviera a visitarme en forma de Helvética. Tenía que destronarla. […] La Helvética era la más limpia, la más aburrida, la más fascista y la más extremadamente deprimente fuente tipográfica de la historia. Mi meta en la vida se convirtió en hacer cosas que no tuvieran la Helvética, y eso era realmente difícil en esa época [los años setenta]. Así que empecé a experimentar con otros estilos, no porque quisiera ser posmodernista ni nada, yo no sabía qué era eso, lo único que sabía era que odiaba la Helvética”.

El reinado de la Helvética parece estar hoy en declive y las grandes empresas que hicieron uso extensivo y compartido de esta familia ahora pretenden tomarse el mundo con una nueva mutación exclusiva a cada emprendimiento. Un mensaje subliminal donde la fuente, junto con la imagen corporativa, dan la ilusión de abarcar un mundo feliz de emociones y experiencias únicas, propias de cada franquicia: en 2011 Google se cambió a Roboto, en 2013 Apple volvió a la San Francisco, en 2016 CNN mandó a crear la CNN Sans, y Coca Cola, IMB, Netflix y Airbnb también usaron el ADN de la Helvética para clonarla, mutarla y pedirle a la cigüeña del diseño una fuente propia.

Aun así, el misterio del evangelio de la Helvética perdura. El diseñador Mike Parker cuenta: “Los suizos prestan más atención al fondo, de modo que los huecos y el espacio entre los tipos solo contienen las letras. Lo que quiero decir es que no puedes imaginar nada moviéndose en la Helvética, es tan firme. No es una letra que se dobla para darle forma, es una letra que vive en una matriz poderosa de espacio circundante. Es… ¡Oh, es brillante cuando se hace bien!”


  1. youmurderer + Duque E-14 + Futura

El Daily Show, un programa de comedia de la televisión estadounidense, puso en el dominio público una aplicación para el navegador Chrome: el hackeo permite leer los trinos del presidente número cuarenta y cinco de los Estados Unidos en caracteres mamarrachos que evocan el carácter tiránico e infantil del mandatario:

Un desarrollo criollo podría hacer lo mismo para los mensajes de un expresidente colombiano, sobre todo cuando le gana la mezquindad y cualquier mañana de domingo, desde su hacienda mental, dispara embalado trinos entintados con barbarie:

En las pasadas elecciones presidenciales en Colombia, un tipógrafo anónimo diseñó una letra inspirada en los formatos E-14 y los tachones y enmendaduras propios de algunos jurados de votación que intentaron amañar los resultados electorales. La infame familia Duque E-14 permite hacer memoria de este hecho fraudulento y le da un talante de sospecha tipográfica a otros documentos, por ejemplo, al diploma de “posgrado” de Harvard del actual presidente colombiano que, como gran parte de lo hecho y dicho por Iván Duque, en su corta vida, muestra signos inequívocos de impostura:

Blah. Blahblah blah blah

En el año 2000 el artista Paul Chan creó una letra sin sobresaltos, cruce de una Times con una Cambria, que tiene un atributo único: convertir todas las palabras de un texto en un balbuceo monótono que repite una sola expresión: “Blah”. La fuente de Chan muestra la fisura entre lo que se dice y lo que se hace y fue bautizada en clave de escepticismo por este autor de origen hongkonés:
Politics to come (La política por venir).


  1. Times New Roman

Resulta paradójico que muchos literatos, que dicen que la estética fluye por sus venas, publiquen libros pálidos que sufren de anemia tipográfica. En su texto La fuente de la poesía, la poesía de la fuente, la escritora Adrienne Raphel confronta ese contrasentido y cuenta de su interés por las letras: “Soy una apegada a las fuentes cuando leo; esta es una de las razones por las que llevo libros de papel en lugar de un Kindle. Pero escribir es diferente. Cuando estoy escribiendo, estoy en Times New Roman de doce puntos: quiero un valor predeterminado que me permita obtener lo que estoy oyendo mentalmente en la página. Si me encuentro preocupada por la fuente, sé que hay algo más profundo que está mal. Agitarme con la fuente, para mí, es una técnica de procrastinación, como molestarme las uñas o masticar chicle”.

Raphel cuenta una aventura colectiva en el taller de escritura de la Universidad de Iowa donde estudiaba: “Una subcultura tipográfica se extendió entre los poetas. Un poeta puso sus minúsculas y mayúsculas en cuadros separados de texto, ajustando los remates para hacer coincidir cada estrofa. Otro persistió en el Times New Roman de doce puntos, estoico; como ella dijo, cualquier otra cosa era como ponerse un vestido encima de un vestido. Las tendencias de las fuentes se volvieron virales. Un semestre, gradualmente, comenzamos a usar tipos de letra cada vez más pequeños: once puntos, luego diez, luego nueve, desapareciendo en la página. Un poeta finalmente rompió el ciclo y presentó un trabajo en Verdana de catorce puntos, se sintió como si hubiera dejado una valla publicitaria en la autopista del Diccionario de Inglés de Oxford”.

Raphel señala que ese viaje por la selva tipográfica terminó con el regreso a la urbanidad académica: “Sin embargo, los días del flujo libre de las fuentes han llegado a su fin. De acuerdo con el reglamento de la Escuela de Posgrados, un tipo de doce puntos debe usarse para el texto de la tesis, y solo se puede usar una gama limitada de ‘fuentes de libros’; se recomienda Garamond, Goudy, Palatino o Times New Roman. En última instancia, todos terminamos por encajar en una serifa apropiada”.


  1. Didot

En la introducción a la publicación en español del icónico poema Un lance de dados jamás abolirá el azar, de Stephane Mallarmé, el escritor Samuel Bernal cuenta la historia del fracaso editorial de la primera edición de esta “música para los ojos” compuesta por el enigmático escritor francés. “Las ambiciones de Mallarmé eran mucho mayores”—dice Bernal— “Mallarmé se arremangó para hacer la labor de un artesano de los libros: él mismo, exhaustivo, propuso el diseño de los cuerpos tipográficos en Didot, sus diferentes caras y tamaños, y la distribución estricta del blanco en el pliego. Una íntegra lección inaugural —y revolucionaria— de tipografía expresiva. El espíritu del libro moderno se manifiesta por vez primera: la tipografía se vuelve un medio de expresión de alto valor; los blancos de la página son “palabras” inmensas; dos páginas forman una sola —como si fuera una pantalla de cine—.

Sin embargo, el último de los inconvenientes impidió que Stéphane lo concluyera: murió en septiembre de 1898. El proyecto, naturalmente, zozobró. Sin una edición definitiva, Un lance de dados queda como una obra inacabada, abierta.”


  1. Sabon

La foto que más circula del tipógrafo Jan Tschichold es la que mejor lo retrata: de perfil, con su corbatín bien ajustado, sonrisa apretada, socarrón a la vez que riguroso, con una mano sostiene un lápiz y con el índice y el pulgar oponible hace el gesto de la perfección.

En su texto Las letras como forma de arte, Tschichold muestra ejemplos concretos de aquello que resulta difícil de enseñar en unas pocas horas de vuelo: con la democratización de las letras y su manipulación masiva en el computador en red, ahora vemos todo tipo de diseños por donde fluye con total impunidad el automatismo virtuoso de nuestra estupidez letrada. A la inquisitiva mirada de Tschichold no se le escapa nada; es un dios amoroso, pero implacable ante nuestra impericia tipográfica.


  1. Comic Sans

En su texto La tipografía como una visión del mundo el escritor Cristian Vázquez cuenta de la cruzada de miles de diseñadores contra la familia Comic Sans: “Holly y su marido David Combs se pusieron entonces a la vanguardia del odio cibernético con una movida llamada Ban Comic Sans (“Prohíban Comic Sans”). Su manifiesto enfatizaba que “las cualidades y características inherentes a la tipografía comunican a los lectores un significado que trasciende la mera sintaxis”.

Esta campaña no alcanzó a los científicos de la Organización Europea para la Investigación (cern) que, para presentar ante los medios el hallazgo de la partícula elemental del bosón de Higgs, usaron un powerpoint con Comic Sans. El aparente crimen estético desató una serie de mofas que se regodeaban en contrastar la sabiduría de los físicos con su analfabetismo tipográfico.

Pero Vázquez parafrasea a un colega para darle otra interpretación al caso y gradúa a los científicos de artistas conceptuales: “Sin embargo, es interesante la mirada de Patrick Kingsley, un redactor del periódico británico The Guardian. Si la Comic Sans es tan simpática y tan fácil de leer (se recomienda, de hecho, para las personas con dislexia), no hay —dice Kingsley— tema más apropiado para su uso que este: un descubrimiento científico cuyos detalles son casi imposibles de entender para la mayoría de los seres humanos”.

Y cierra Vázquez: “Quién sabe. Quizá sea que, así como Superman se comporta como un tonto cuando interpreta a Clark Kent porque esa es la forma en que nos ve a los seres humanos, los cráneos del cern usan Comic Sans para dirigirse a nosotros porque, en cuanto al conocimiento de las partículas elementales, nos ven como niños. Si es así, nadie podrá negarles la razón”.


  1. Roboto

Hace unos meses, el teléfono celular y el sistema operativo que usé por varios años dejaron de ser funcionales. Se trataba de un aparato marca Windows con el sistema operativo WP, una opción que entró tarde en la carrera tecnológica donde el sistema iOS de los Iphone y el Android de Google ya le habían tomado una ventaja que resultó mortal.

Al comprar un nuevo aparato y aterrizar en el sistema Android busqué simuladores que emularan el parco juego de letras y el elegante muro de tabletas coloridas del WP, pero dios no estaba en sus detalles. Intenté otras opciones, pero todas parecían funcionar igual: un fondo de escritorio, un ícono con el nombre de la aplicación en mínimas letricas, y el desplazamiento horizontal entre pantallas principales y secundarias donde los botones se desordenan cada vez que algo nuevo se instala.

Cuando ya estaba por botar la toalla (y también el teléfono inteligente) llegué a AP 15, una interfaz brutalista que omite los avatares propios de cada aplicación, los sombreados, los degradés de los marquitos, y hasta elimina los puntos rojos y el conteo de alertas con que los jíbaros de la programación corporativa ponen a nuestro cerebro químico a babear dopamina bajo la promesa de una nueva dosis de bazuco informativo.

En AP 15 el nombre de cada aplicación y sus letras son su propio ícono y, de acuerdo a la frecuencia del uso, algunos de los tipos se agrandan o disminuyen. Uno puede escoger la letra, su color, el espacio vertical y horizontal entre palabras y palabras en una única pantalla.

Se dice que miramos el teléfono celular, en promedio, unas 150 veces al día. Luego de pretendidas pausas de rehabilitación, de promesas incumplidas de uso moderado y de momentos de plena recaída, me acojo a ese perfil estadístico del heroinómano digital. Pero ahora, a veces, con esta imagen tipográfica estática, me quedo lelo mirando la pantalla: no hago nada, no llamo a nadie, no escribo, no consulto, no le sirvo a nadie, solo miro las letras de colores suspendidas en ese negro vacío rectangular.

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