La novelita del arte mercantil

I.

K, un artista emergente,hace dos piezas. El marchante A vende cada pieza a US$5.000 a B y C, dos coleccionistas prestigiosos. A se queda con el 50 por ciento de la venta y arregla con B y C para que oferten las piezas de K en una subasta. Antes de la oferta el artista se presenta en sociedad: K va con A, B y/o C, a inauguraciones y fiestas; un curador D, asociado a alguna institución, lo entrevista o firma un catálogo promocional con un texto genérico; publicaciones de arte en las que pautan galerías vinculadas a K, o con lazos con A, B y/o C, se referirán a él; circulará el rumor de que K estará en una curaduría colectiva en un museo donde solo exponen individualmente los consagrados.

Comienza la subasta, pero ¿por qué usar este método para darle un precio a las obras de K? ¿Por qué no dar una cifra y ya? Porque a falta de crítica, o por los problemas y demoras que genera una valoración crítica, la subasta es el medio expedito para inflar y dar legitimidad: la puja por las piezas de K cierra en US$120.000 c/u. El remate fluyó sin contratiempos. K todavía no es muy conocido, sí lo será cuando se conozca el resultado astronómico de la “puja” de B y C. ¿Dónde está el dinero? B pagó la pieza de C, C pagó la pieza de B. Es decir, el dinero no se ha movido, las piezas sí.

Días, meses o años después, B y C ofrecen a un miembro E de la junta de un museo la donación de las piezas de K. Lo más importante: B y C certifican en su declaración de impuestos una relación de US$120.000 c/u por donaciones. En algunos países, un tercio del monto total de lo donado se deduce de la declaración de renta: US$40.000. B y C, que en un principio tuvieron que desembolsillar US$10.000 entre los dos, obtuvieron una ganancia neta de US$35.000 por cabeza (habría que restarle la comisión de la casa de subastas y lo que le corresponde a A por la intermediación).

K recibió US$5.000 por sus obras; es feliz, el dinero le hace bien, el futuro pinta mejor. Si K y sus obras son dúctiles podrá seguir trabajando con A, B, C, D, E y llegar lejos, pero si dejan de serlo, las fuerzas –o los fuertes– del mercado encontrarán un nuevo artista al que mimar.

Lo anterior es solo un esquema perfectible. Un fondo de inversión en arte sabrá conjugar todo el abecedario y redactar cada vez mejor el novelón bursátil: fragmentará el mercado, pagará un cabildero para que tramite más excepciones tributarias por filantropía, tacará con sigilo carambolas más virtuosas, hará pirámides a corto, mediano y largo plazo. Hablamos de arte: la misma libertad y apertura que existe para hacerlo e interpretarlo se extiende a su compra y venta.

Hace poco, en esferapublica.org, Halim Badawi publicó Business is business: especulación y mercado en la obra de Óscar Murillo, un análisis intuitivo sobre el furtivo tinglado tras la venta, el pasado 26 de junio, de la obra Sin título (2011) de este artista de veintiocho años de origen latino (colombiano o guatemalteco, es lo mismo). La pieza se vendió en la casa de subastas Christie’s en Londres por US$391.000, “superando trece veces su estimado bajo”. Es un inspirador caso de estudio, tanto, que las dudas de Badawi sobre la importancia y mercadeo de la obra –dentro del conjunto de piezas de Murillo y de otros artistas– fueron subestimadas en el foro por un académico y un analista de mercado. Ambos personajes, acomodados en su rol ilustrado y financiero, parecían hipnotizados por el resultado de la subasta y cumplieron solícitos con la sentencia que el crítico Robert Hughes acuñó en su texto Arte y dinero: “El mercado debe encontrar maneras de poder vender arte mediocre a malo a unos precios lo suficientemente altos como para acallar las protestas estéticas”.

En ese mismo foro virtual, una voz cándida protestó, sacó a la luz el color de piel de Murillo, jugó la carta de la discriminación y gritó: “¡Dejen jugar al moreno!”. Un clamor al que podrían sumarse otros intermediarios de cuello blanco, inversionistas tipo Interbolsa, que gritarían casi lo mismo al unísono: “¡Déjennos jugar con el moreno!”. ¡Éxitos!

II.

rj-oppehnheimer-left-one-of-the-creators-of-the-atomic-bomb-went-for-the-overly-dramatic

En una conversación, un artista y un coleccionista (Elliot Arkin y Adam Lindenmann), hablaban de arte y mercado:

E.A.: Me gusta hacer una analogía con la ciencia: los artistas dividen el átomo, pero el mercado del arte crea la bomba atómica.

A.L.: Es una buena metáfora. Los hacedores de bombas patrocinan a los científicos, aunque los artistas puede que lamenten los resultados de su creación.

A mitad de este año una pequeña explosión se produjo cuando tres casas de subastas de Londres vendieron pinturas hechas por el colombiano Oscar Murillo. El precio base, entre 20 y 30 mil libras, se multiplicó en Phillips y Sotheby’s casi por 5 y en Christie’s casi por 12.

am

La detonación, menor para la bolsa de $40.000 millones de euros anuales que mueve el mercado del arte, fue todo un chispero en nuestra desangelada escena local. Julio Sánchez, de la emisora La W, como un rey cultural digno del reino de los ciegos, lo avizoró y programó una conversación previa con Murillo:

—Periodista: ¿Oscar para quien esté interesado en comprar […], cuál es el precio medio de sus obras?

—Murillo: Eh, en realidad no lo tengo presente, eso ya depende con las galerías, yo me dedico a trabajar en el estudio y no tengo presente muy bien el precio individual de una obra…

—Julito: ¡Eso es lo que le corresponde responder a un artista! ¡Él pinta y hay otras personas que venden y hacen el mercadeo!. ¡Maestro! ¡Qué honor tenerlo en La W! […] ¡Allá nos vemos esta noche! […] ¡Urgentemente galería en Colombia!.

julito ICA copy

Ante esto último, Alberto Casas, compañero de programa de Sánchez y con participación en la Galería Casas Riegner —que está en conversaciones con Murillo—, mantuvo un prudente silencio.

La W extendió su cubrimiento y quiso precisar un artículo de la Revista Semana sobre arte y mercado que citaba una opinión sobre las transacciones de la obra de Murillo. Julito intentó hacerle una de sus encerronas telefónicas al editor cultural de la publicación y quisieron hacerlo trastabillar atribuyéndole una cita ajena como propia. En La W les dio dolor de patria que los críticos crucificaran a un artista colombiano en aras de ilustrar los mecanismos del mercado del arte en vez de celebrarlo y hacerlo profeta de su tierra. En cambio le dieron micrófono a Alberto Chehebar, un art-dealer criollo devoto de Murillo, quien le rezó un inspirado santoral al artista, y a Ana Sokoloff, “crítica de arte”, que usó la misma camándula de Chehebar: el mercado del arte es el mercado del arte del mercado del arte.

Y es cierto: en arte las cosas valen lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas. La misma libertad y apertura que existe para hacer e interpretar el arte se extiende a su compra y venta, comparar esto con Interbolsa es solo un acto de sinceridad.

equilibrio

Pero, ¿y de Murillo qué? En  los últimos tres años sus performances incluyen cócteles, residencias, cenas con coleccionistasexposicionesentrevistas con influyentes curadores y fiestas, baile, cocina y  yoga, y el resultado de algunas de estas acciones son lienzos que como tapetes de papel carbón recogen los gestos y sudores de todas esas experiencias. Los textos “críticos” repiten la misma dosis de “arte-lengua”: “Los performances, pinturas, videos e instalaciones de Murillo usan los opuestos para explorar lo que está en común. Usando el vocabulario de voceadores callejeros en sus lienzos, él explora la funcionabilidad del desplazamiento y la reconfiguración de la palabra recordando el enfoque hacia el lenguaje del movimiento Neo-Concreto de 1960”. Pero más allá de esta sesuda perogrullada, lo que hay es un tipo de 27 años que, entre tantos artistas ninguneados, goza de buena fortuna.

Ya lo decía Robert Hughes en Arte y Dinero: “Picasso era millonario a los cuarenta, y eso no le hizo ningún daño. Por otro lado, algunos pintores son millonarios a los treinta, y eso no les sirve para nada. En su conjunto, el dinero hace a los artistas más bien que mal. La idea de que el agua fría, los mendrugos y los cobradores les beneficia está casi tan extinguida como la creencia en el poder reformador de los azotes.”

Obra de murillo en el proyecto "This long century"

Habrá que ver cómo Murillo continúa dividiendo su átomo, tal vez llegue al mismo sitio adonde vamos todos: la eterna nada (con o sin bomba atómica).

25 poker

III.

Los ministerios de Cultura y de Relaciones Exteriores no han tomado cartas sobre el asunto. El despacho de la Primera Dama de la Nación no se ha manifestado. El coleccionismo nacional tampoco. Ni la curaduría o la prensa, en especial su máximo defensor, el popular comentarista Julio Sánchez, ni el mánager Fernán Martínez, han movido sus hilos. A nadie en Colombia parece importarle el ataque que ha sufrido el maestro vallecaucano Óscar Murillo, gloria y promesa del arte nacional, por parte de la crítica estadounidense. Una vil pareja de críticos de arte ha juzgado –de forma negativa y con mal gusto– la primera exposición individual del maestro Murillo en la Galería David Zwirner, en la ciudad de Nueva York.   

Bajo el título de Una novela mercantil, el maestro Murillo, en asocio con Colombina, la empresa colombiana de confites, importó trabajadores de la fábrica en La Paila y los puso a laborar en la galería en una máquina que produce unidades de “Chomelos” (un pequeño malvavisco blanco cubierto de chocolate oscuro). El producto se reparte gratis, se espera que el público lo distribuya y que, según un comunicado de la galería, la obra refleje “los modos de transporte a través de Nueva York y la diversidad de sus comunidades”.

Los críticos de arte se metieron donde nadie los ha invitado y vertieron su mala leche sobre una obra que apenas está en proceso digestivo.

Jerry Saltz, del New York Magazine, es un crítico judío al que la revista Art Review puso en el puesto 73 entre las cien personas más poderosas del arte en el año 2009 (el mercado ya corrigió esa anomalía y no ha vuelto al escalafón). Saltz pontificó: “Óscar Murillo, el muchacho de 28 años que es el consentido del mercado y que ha vendido piezas por casi medio millón de dólares, todavía hace un trabajo de estudiante. (…) No me interesan mucho sus pinturas casi monocromas de retazos y manchones abstractos o su uso sabrosón de composiciones con palabras en ellas, él tiene un lindo sentido de los colores cálidos, un toque guapo y una ambición llena e inflada (…). Las reputaciones se hacen antes de que el trabajo llegue a conocerse (…). Puede estar actuando estratégicamente, con ligereza, o cautela, pero Murillo ha optado por no exhibir pinturas en su primera exposición en solitario en Nueva York. A cambio, tenemos una instalación ridícula, derivada, triste, insípida y a una gran escala teatral. Un espectáculo de mega-galería. (…) Es una pesadilla de arrogancia autocomplaciente”.

Saltz cuenta que llevó un “chomelo” a un editor de una publicación de comida: “Como arte, seguro este proyecto ofrece un comentario y un discernimiento que se me escapa. Como dulce, preferiría algo con un acento más fuerte”, dijo el crítico gastronómico. “Chistoso –concluye Saltz–, esto es exactamente lo que estaba pensando sobre el arte”.

La otra crítica es Roberta Smith del New York Times, esposa de Saltz (¡!), calificada por Art Review en el puesto ochenta en el 2010 (y también negreada en listados recientes). La pareja comparte cobijas para escribir sus panfletos y juega al policía bueno y al policía malo. Smith escribe: “El esfuerzo merece algo de crédito por exponer, con franqueza inusual y resonancia, las brechas creadas por la raza, la clase y la nacionalidad en una galería de arte, uno de los espacios más privilegiados del mundo”. 

Sin embargo, Smith muta en dominatrix y concluye: “Aunque de no ser así, esto es solo una jugada astuta para frustrar expectativas –la imprevisibilidad, después de todo, es una mercancía artística apreciada. Todo sigue siendo una salida fácil, cálida y difusa, dirigida al mercado del arte. A medida que los pequeños paquetes de caramelos se acumulan en la parte frontal de la galería, es probable que un exceso similar de pinturas frescas de Murillo estén cambiando de manos en la parte de atrás”.

A este par de sicarios morales del arte no solo hay que prohibirles pisar el suelo colombiano sino que es un deber con la patria refutarlos. No hay que olvidar que la obra del maestro Murillo es una crítica a la pintura, al éxito, a la identidad, al turismo social, al mercantilismo, al coleccionismo, a los doce empleados de prensa de Zwirner, a la explotación de los trabajadores vallecaucanos por parte de la industria azucarera, al racismo (los chomelos son negros por fuera pero blancos por dentro), a la “comunidad del arte” (una idea que el maestro Murillo calificó en la revista Bomb de “pura mierda”), a la logorrea y a toda la historia del arte. Así de amplio es el espectro de esta obra. A fin de cuentas, el arte es vida: es todo… y es nada.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s