50 a 60 años

La FARC-ÁNDULA

Iván Cano Mejía


SOCIALES (Y ANTISOCIALES)


CRÍTICA

Mitología

Dos salas donde predominan las sillas de plástico baratas, los colores de la bandera colombiana y la imagen del artista David Manzur (en el plotter de un cartón que pintó, en ocho fotografías, en video). Un proyecto de Iván Cano Mejía, que decidió asistir en agosto de 2000 como representante de una organización de artistas a las mesas de diálogo convocadas durante las negociaciones de San Vicente del Caguán. Llegó, habló con la guerrillera encargada de organizar el capítulo de cultura. Le dijo que había llevado una actividad. Ella lo escuchó y aceptó: cada humano sentado en la mesa principal recibiría 1/4 de papel y vinilos amarillo, azul, rojo. No debían preocuparse por los pinceles; de lo que sí, era de saber qué hacer con lo que les habían dado.

Al Pombo que en ese entonces fungía de “Presidente vocero de los medios de comunicación” de esas conversaciones, no le importó ser vocero de nada y no aceptó el papel. A los demás, poco. Al guerrillero asesinado en 2008 y cuya mano fuera amputada por su escolta para cobrar la recompensa (sublime acto de humanidad), sí. Mucho. Éste usó el soporte como una agenda donde anotó lo que más le interesaba. Pintó como se hacía antes, cuando se hablaba por teléfono y se ponían rayitas. En este caso, banderas, una mancha de café, otras manchas. En algún momento deja entrever un guiño de corrección ideológica (como en el modelo comunista la propiedad privada no existe, el guerrillero enmienda el error típico del pequeñoburgués ilustrado, cuando escribe: “el girasol que me (nos) regaló Fanny Myckey”). Era humano, se equivocaba. Creía en la revolución (y en la gente con quien hacía la revolución).

La Novela Individual del Neurótico que se construyó durante el gobierno anterior buscó impedir la representación visual de las conversaciones del Caguán. Para muchos, ese hecho simplemente se interpretó como un holocausto incoloro. Y siguiendo esa inercia, pocos artistas aparte de Wilson Díaz intentaron construir un relato visual sobre lo que sucedió allí. Por eso la propuesta de Cano, una ambientación formalmente opaca, más similar a un mediocre montaje teatral que a una instalación (predomina la creación de vínculos entre objetos, no el diálogo con las estructuras axiomáticas, según nos enseñaron a diferenciar entre ambas), documenta y señala. Nos recuerda el Quién es quién de los artistas y periodistas que fueron allí para quedar en la foto. Porque les tocaba. Teniendo eso en claro (él un poco, ellos más), intenta abrir una posibilidad para saber qué ideas pasaban por sus cabezas. Es decir, pregunta legítimamente si podría creérseles o simplemente se les habría de descalificar por estar jugando a la politiquería de la época. En este sentido, recurre a un mecanismo clásico: usar el arte para generar proyecciones. Poniendo a funcionar el papel como medio para una prueba proyectiva, trata de definir la coherencia entre el interés por estar allí y sus ideas. En este sentido, los balbuceos de Manzur son traslúcidos: el hombre no tenía la menor idea de lo que hacía allí y si perdía tiempo deseando pintar. Creo.

—Guillermo Vanegas


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