50 a 60 años

Camino a los cincuenta

Karl Troller


SOCIALES (Y ANTISOCIALES)


CRÍTICA

Ruta Perdedora

A Karl Troller le atrae tanto el piso que le toma fotos. Fotos grises, a veces –como por accidente— salpicadas de color. Eso es en parte Pavimentos (Historias a través del duro asfalto): una exposición dura y gris. Por este lado, Troller se nos presenta como un (fotógrafo) callejero a quien no le interesan ni los edificios, ni los transeúntes, ni los carros; sólo le interesa el piso de la calle que no es ni negro, ni blanco, pero que está ahí sosteniéndolo todo en la ciudad: los edificios altos y bajos, algunos árboles, la basura, la gente buena y la gente mala. Pero nada de eso aparece en sus fotografías de ciudad desierta. Sus pisos sostienen otras cosas: sombras, huellas que hablan de tránsito y de tiempo. Sobre sus grietas, sus cambios de gris, se superponen señales viales (líneas, flechas, cebras) gastadas, desvanecidas, retocadas, re-dibujadas. ¿Será que Troller quiere señalar lo estético, lo bello de lo que pasamos por alto y pisamos por bajo? El rastrero pavimento es su momento. Su “momento Kodak”. Y ¿quién le va a decir que no? Después de Warhol “todo es bello y uno sólo tiene que escoger”.

Pero, por otro lado esta exhibición presenta a Troller como un melómano en un ejercicio público de reflexión y autobiografía. En el espacio contiguo a donde se encuentran las fotografías, se expone una especie de camino culebrero dividido en cincuenta cuadritos, cincuenta capítulos —uno por cada año de vida— que arman su sintética autobiografía como una road-movie, con cada capítulo vinculado a una de las fotografías antes mencionadas y a una canción dentro de un playlist que suena como banda sonora de esta muestra.

Lo que más he disfrutado de esta exposición ha sido leer acompañado por la música (canciones de rock, salsa, tango y merengue que hablan de calles, caminos, subidas y bajadas) este ejercicio confesional donde el artista con humor, ata algunos eventos significativos en su vida con acontecimientos de la historia del país: su nacimiento accidentado en Calipuerto (¿de ahí su espíritu errante?), sus juegos de infancia en la calle, sus enfermedades, su trasteo a Bogotá, su primer beso, el inició de su colección de discos, sus estudios, sus maestros, sus proyectos con Eduardo Arias y Jaime Garzón, sus huidas del país, sus caídas y recaídas. Troller se sabe figura pública y emplea como gancho, el morbo que nos produce esculcar entre las vidas de las celebridades hasta encontrar lo bajo, lo vulgar, lo humano. Y en esta rastrera y agridulce curaduría de la vida, en esta calculada fotonovela asfáltica musical sólo hay que escuchar en qué idioma está cantada la mayoría de su banda sonora, sólo hay que mirar con cuidado de qué lugar es el piso en las fotos, para entender que Troller pertenece a una generación crítica, culta —culturizada también por el cine y la música del primer mundo—, pero desilusionada —con justa causa— de su país. Una generación que no quiere estar acá, que apenas puede negociar con la tristeza y la sensación de fracaso, a punta de ironía. Una generación esquizofrénica que aunque lo busque, lo cante y lo pise, tampoco se encuentra a gusto en el american highway of life.

(Para leer la próxima frase o releer este escrito, por favor, escuche simultáneamente la canción Ruta Perdedora, del álbum Películas (1977) del grupo argentino La Máquina de Hacer Pájaros. Tema que acompaña el capítulo cincuenta, el del año 2011, en la road-movie de Troller, donde señala que “el trayecto es el proyecto”.)

Encontrarse perdido hace parte fundamental de la cultura nacional.

—Humberto Junca Casas


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