

Estudios de Caso, Giovanni Vargas
por Lucas Ospina, Profesor, Universidad de los Andes
Arquitortura Bogotana #1
Giovanni Vargas vive en Bogotá, a la altura de Chapinero, cerca a la carrera quinta; escogió ese lugar por la apacible arquitectura de las casas de barrio y alcanzó a disfrutar de sus calles por un rato. Pero de un tiempo acá se ha visto asaltado, como muchos otros de sus vecinos, por la subrepticia horda inmobiliaria que se ha apoderado de esa zona. En los últimos años la demolición de casas y edificios ha sido inclemente, lo viejo es tumbado para construir nuevos habitáculos que no hablan con el entorno, construcciones egoístas y agiotistas, una marea alta de mierda en ladrillo.
Son moles de cemento con parches de pañete y acabados en cromo, eufemismos tridimensionales de una gula rentista que vive atragantada con el metro cuadrado: las nuevas construcciones se arrojan a manera de muralla sobre la calle, sin pudor, sin una distancia prudente con el andén o con el vecino. Donde antes habitaba una familia, en el caso de una casa, o un conjunto de personas, en el caso de un modesto edificio, ahora vive una barriada entera arrumada en cajitas de bocadillo, apiñada en pisos apretados, con el techo sobre la sien y las paredes en las narices. Cada nuevo multifamiliar promete ser diferente al anterior pero la verdad son todos iguales, 32 sabores diferentes, todos de vainilla; muchos edificios sólo tienen vista a los vecinos de enfrente y casi todos tienen unas ventanas tan estrechas que parecen hechas con la intención sombría de hacerle la vida difícil a cualquiera que intente ejercer el libre derecho al suicidio.
Esta “nueva arquitectura” hace que algunos de los parcos y opacos edificios construidos en los años 70 y 80, con su generosa distribución del espacio, parezcan grandes obras de la arquitectura nacional: la presencia física del portero y de las rejas es discreta, la seguridad no se le arroja amenazante al transeúnte o visitante, tienen sólo dos, tres o cuatro apartamentos por piso, los parqueaderos son escasos pero amplios y cuentan con uno o varios antejardínes que delatan la existencia de un elemento vital que los nuevos constructores consideran sustituible: el aire.
Giovanni Vargas no es crítico de arquitectura, esa categoría al parecer no existe acá. El gremio de los arquitectos, a pesar de ser altamente opinionado, no cuenta con un tradición crítica en la prensa. No se sabe si es por falta de compromiso, por dejadez o cobardía, pero cuando hay espacio para la arquitectura sólo se habla de premios, de anuncios, de fincas de recreo, de diseño de interiores, de urbanismo (“¿por dónde va a pasar el metro?”) y de utopía y lúdica ( “el modernismo en Bogotá”, “la Revista Proa”, “ciudades imaginadas”, “la deriva del flaneur por el Barrio Santa Fe”).
En el caso raro de que algún arquitecto publique lo que piensa sus reclamos son ignorados por la misma Sociedad Colombiana de Arquitectos, más preocupada por el socializar de los arquitectos que por lo social o por la arquitectura; un ejemplo concreto de esta situación es la crítica quijotesca hecha por un grupo marginal de arquitectos —en especial por Juan Luis Rodríguez, Guillermo Fisher y Willy Drews— que han señalado los óbices de la arquitectura de fachada cosmética que barre con los premios y mancha portadas de revistas; también batallan contra esos molinos de billete que licitan los grandes constructores, por ejemplo, la demolición de la nave principal del aeropuerto El Dorado, la lumpenización estrato seis a la que se quiere someter al lote verde de montaña que resguarda el edificio del Seminario Mayor de Cundinamarca o la demolición, o ruina inducida, a la que se quiere llevar a Villa Adelaida para hacer ahí un gran centro comercial. Valga decir que esta crítica viene sobre todo de profesores universitarios, de arquitectos que viven de su sueldo como docentes, de lo contrario estos críticos sí recibirían una respuesta concreta a sus diatribas: el asesinato de carácter a su desarrollo como arquitectos constructores. Tal vez esta condición de dependencia explica el silencio cómplice de la mayoría de miembros de este gremio: los arquitectos son la elite de la servidumbre, no pueden patear la ponchera, no muerden la mano que los alimenta, no pueden ser la piedra en el zapato del “progreso” (del que depende su propio progreso).
La crítica de arte luce ornamental comparada con la crítica de arquitectura, es inane en relación a los intereses que afecta (artistas, galeristas, instituciones), su reclamo es liliputiense comparado con el blanco del ataque de la crítica de arquitectura, con las inmensas cantidades de dinero que los gargantúas de la construcción mueven; poco importa que los reclamos de la crítica de arquitectura estén bien fundados, la verdad de estas replicas será aplastada por la cimentación de la Patria, por el volumen de cifras positivas de empleo que genera el “gremio de la construcción”; la crítica será arrasada por la grúa de demolición que maneja una endogamia machihembrada de empresarios y políticos.
A pesar de que esos edificios cada vez ocupan más espacio la crítica es nula, el mutismo verbal ante los mamotretos que día a día se construyen contrasta con la verborrea cínica de los constructores y rentistas de estos adefesios quienes sí se atreven a jugar con las palabras y usan el lenguaje con descaro. Tumban un árbol de un antejardín y usan el nombre del ejemplar de la especie para bautizar a toda una serie de edificaciones estrechas que incrustan en ese mismo terreno: Balcones del Nogal I, Balcones del Nogal IV, Balcones del Nogal XXIII… apelativos inútiles y pomposos, tan parecidos al acto de perfumar un bollo. No, Giovanni Vargas no es crítico de arquitectura, es tan sólo un artista que ha hecho una serie de obras sobre esos desastres de la guerra de la finca raíz. Hace edificios a escala silueteables en papel donde invita a repasar con furia tensa el croquis de esas infames construcciones o dibuja en detalle las casas tumbadas o a punto de tumbar, porque no basta con la foto, es indispensable el repaso necesario del trazo: hay que usar el lápiz y el color para acariciar con dolor cada parte de esos indefensos espacios en vías de extinción, pasar un tiempo ante estas casas, una forma de discreta de duelo arquitectónico.
Uno quisiera que alguien con la sensibilidad de Vargas fuera arquitecto, o al menos crítico de arquitectura y que le diera amplia difusión a sus ideas (Vargas ha hecho afiches e impresos que pega y distribuye por su barrio). Un ánimo vindicativo nos invita a desear que todas esas edificaciones mediocres reciban en público la adjetivación que se merecen, uno esperaría que evidenciar su escaso valor arquitectónico afectara en algo su precio y su propagación, pero eso es pensar con el deseo, el negocio inmobiliario de estos chambones de la construcción seguirá impune y vigente. Es su venganza: todos esos arquitectos y constructores parecen haber sido criados —o traumatizados— a punta de Estralandia, esa emulación criolla del Lego, un juego apocado de ladrillitos rojos y pañete plástico blanco que sólo servía para construir palacios de arribismo y muros de cerramiento, ahora estos charlatanes de la concreción le pueden dar una dimensión monstruosa y real a sus sueños de grandeza, y nos someten a todos a una pesadilla colectiva de ornamento y delito diseñada por y para impúberes mentales: se nos creció el enano, la única diferencia entre un niño y un adulto es el tamaño de sus juguetes.
Uno quisiera que todos estos arquitectos graduados en el “piratécnico” de la guachapanda o de la universidad del lobby y la cofradía, o todos esos ingenieros que se ahorran el arquitecto, dejaran de hacer “arquitortura” y dedicaran sus manitas creativas a la pintura, al video, al performance, a la multimedia, a la acuarela, y expusieran sus mamarrachadas en la inocua esfera pública del arte, en exposiciones temporales, efímeras, donde sólo los vea un curador o un curador urbano (una profesión muy apetecida por el lucro que genera pero sin valor ni valentía arquitectónica). Hay maneras de soportar el mal arte, de hacerlo llevadero, de ignorarlo, pero la arquitectura se vive día a día, y cuando es mala hace la vida miserable y sólo queda padecerla.
Si la pobreza de la arquitectura y su fantochería es más que evidente en los palacetes que se erigen para la clases media y alta, poco se puede esperar de la llamada “vivienda de interés social”, ahí se confunde precariedad de medios y bajos costos con ausencia total de inteligencia e imaginación, son “soluciones de vivienda” que apenas cumplen con dar un techo, el resultado es nefasto: una culposa ecuación incapaz de concebir que los habitantes futuros de esos nichos puedan sentir placer sensorial alguno, como si sólo vivieran para parir, parir y parir y trabajar, trabajar y trabajar; es más, muchos de ellos laboran como “rusos” en los mismos panales que luego habitan por mera necesidad o trabajan como empleados de servicio en los hogares de los mismos “arquitontos” que los condenan a vivir en cajitas de cartón.
Uno de los casos que mejor refleja la miseria a la que ha llegado la arquitectura es el de Sierras del Este en Bogotá, en la Avenida Circunvalar con calle 61, un proyecto de: Inversiones Mendeval S.A., Arquitectura y Concreto S.A. (“Lo que soñamos Lo construimos”), Grupo INMB y Constructor Valor S.A. («Trabaja por la excelencia en arquitectura, ingeniería y construcción desde 1982») y Alejandro F. Schedling. Davivienda, la empresa que financia este estropicio, lo califica entusiasta en una valla callejera: “Qué buen proyecto”.
Si se trata de inversión el dinero parece que “está en el lugar correcto”, parafraseando el eslogan de la exitosa propaganda de Davivienda. Sierras del Este es un conjunto de tres torres cada una de 25 pisos y 421 unidades de vivienda que en diciembre de 2004 promocionaba así su arribismo: “Vivir con altura no cuesta más” y vende el metro cuadrado de $2.250.000 a $3.200.000 y sus apartamentos de $235.000.000 a $750.000.000. Pero el “lugar correcto” de la inversión en Sierras del Este limita con su chambonada arquitectónica y hace de este proyecto toda una ironía. Todo un “davivienda”, como se llama a esos personajes risibles parecidos a los que salen en las mismas exitosas y premiadas campañas publicitarias de la empresa financiera, donde por ineptitud, estupidez, chicanería o infortunio de la vida, los protagonistas siempre están en el “lugar equivocado” y se usan como contraste moralizante para enfatizar la “corrección” que se quiere asociar a la imagen de Davivienda. En una próxima campaña se podría invitar para un rol protagónico a alguien como el arquitecto Álvaro Ardila Cortés, el curador urbano número 2 que autorizó la construcción de Sierras del Este, él es otro “davivienda”, igual de inepto y pantallero al comentarista de fútbol de una serie reciente de comerciales exitosos que la empresa hizo en torno al mundial de fútbol. Sin embargo, puede que Davivienda tenga razón y Sierras del Este lo tenga “todo”, incluso arte: estas moles de ladrillo son un monumento a la codicia; tal vez por eso, vecino a Sierras del Este, se contruyó Kandisnky, otro falo altanero de ladrillo insuflado con el mismo viagra mercantil.
Las esculturales moles de Sierras del Este son el exacto opuesto de otro conjunto de torres. No, no se trata del ponqué blanco con gafas azules, más al norte sobre la misma avenida y empotrado en una cantera, donde dicen que vivirá Juanes o Shakira como si estuvieran en Cartagena o en Miami, un rechinante ejemplo del poco gusto de los que imponen el gusto, una mole más que desnuda la mendicidad espiritual del imaginario de nuestros pobres ricos. No, estas torres ejemplares se alzan más al sur, sobre la carrera quinta, son las Torres del Parque, de Rogelio Salmona: tres caracoles rojos y zigzagueantes con varias gamas y juegos de ladrillo, un placer progresivo para la vista, para sus habitantes y para el peatón.
Salmona imaginó, planeó, luchó y logró que las áreas de circulación privadas que rodean estos edificios estuvieran abiertas al público, el arquitecto diseñó un sueño de escalinatas que le regala un tiempo al peatón para pensar paso a paso en las subidas, bajadas y meandros de la vida, además, a pesar de tener licencia y presupuesto para construir más pisos y más apartamentos, el arquitecto, generoso, usó ese excedente para construir cielo y dejar circular el aire. La existencia de las Torres del Parque es la crítica más demoledora a Sierras del Este, el talento de Salmona hace más que notoria la ineptitud y la codicia de los implicados en este esperpento, no sobra repetir sus nombres para que queden bien grabados en la historia universal de la infamia arquitectónica: Inversiones Mendeval S.A., Arquitectura y Concreto S.A., Grupo INMB y Constructor Valor S.A. y Alejandro F. Schedling, sin olvidar a Álvaro Ardila Cortés, el curador urbano que autorizó la licencia de construcción por 84.126 metros cuadrados de esta obra. Por cierto, ¿a más metros cuadrados autorizados más ganan los curadores?
Sierras del Este bloquea sin compasión —y sin dar nada a cambio— gran parte de la vista sobre los cerros, un patrimonio intangible de todos los bogotanos (¿dónde estaba en ese entonces el Alcalde de Bogotá?, ¿lejos? ¿en el Polo Norte? ¿en Sierras de la Anapo?¿Dónde estaba Sandra Bessudo, la Ministra de Medio Ambiente de la época?¿en la el cerro, en la casa de su padre que vive en medio de una reserva forestal?). Además, Sierras del Este, con sus tres torreones de lichiguez, a diferencia del caso de las Torres del Parque, ignora a los muchos peatones que tienen que circular obligatoriamente por esa pendiente, muchos de ellos estudiantes de una universidad vecina y habitantes de un barrio de otro “estrato” que atraviesan por su cuenta y riesgo la Avenida Circunvalar; todos ellos deben bajar y subir por una precaria trocha ante la mirada despectiva de estos claustros de hediondez visual enmarcados con firmeza en sus implacables cerramientos llenos de porteros y porterías: “pobres”, pensarán los mirones desde el encumbramiento seguro que les da su nuevo apartamento.
Una realidad: tras el gran temblor que destruirá a Bogotá, la ciudad tendrá una nueva oportunidad para el ejercicio de la arquitectura, de la curaduría urbana, del urbanismo, de la crítica, por ahora hay que esperar, cada uno metido en su hueco.


Arquitortura Bogotana #2
Si Arquitortura Bogotana #1 es una muestra de cómo la urbanización Sierras del Este es un proyecto emblemático del miserable glamour al que ha llegado la arquitectura en Bogotá, el patadón urbanístico de estas tres torres, y de otras moles que se construyen en las inmediaciones, parece haber sentado un contundente precedente para el comienzo del acabose.
En el mes de julio de 2014, el curador, o descuidador urbano, de la zona, le prorrogó una licencia de urbanismo a Cerro Verde de Helmut Mildenberg Martín y su firma Megaterra, y a la empresa Monte Rosales, liderada por la firma Arias, Serna y Saravia, para que se preñaran de ideas, siguieran con las fases de gestión y diseño, y concibieran la monstruosidad que quieren erigir en el lote de enfrente de las nefastas Sierras del Este. En todo el corredor verde trasero que rodea al Colegio Nueva Granada, desde la Quebrada La Vieja hasta la Quebrada Las Delicias, las dos empresas pretenden hacer 16 torres de edificios con más de 200 apartamentos y una urbanización de 120 “town houses”.


Al parecer, todos los planes premiados para hacer un corredor ecológico y recreativo sobre los Cerros Orientales, el cuidado que organizaciones de ciudadanos como los Amigos de la Montaña le han puesto a la tierra, al agua y al aire de la zona, a hacer cuadrillas con la Policía para tener seguridad por unas horas, y el interés de algunos vecinos por mantener su barrio tan exclusivo como excluyente, son un trabajo inútil ante la plasta de urbanismo trepador que se les viene encima. O al contrario, nadie sabe para quién trabaja y todos estos esfuerzos —sumados al embotellamiento bogotano— no han hecho más que añadirle valor a la finca raíz de la zona, dándole más fuerza, recursos y poder de cabildeo a estas empresas para hacerle el quite a la norma del Consejo de Estado que prohibió cualquier desarrollo en esos terrenos.
Dado el capital que está en juego —el metro cuadrado en estos proyectos va por lo bajo de 10 a 15 millones de pesos—, los constructores sabrán cómo consentir a los fieles empleados públicos que entregaron las zonas de reserva forestal y sus franjas de readecuación. Quizá cuando dejen sus trabajos, las hojas de vida de estos funcionales funcionarios serán más que bienvenidas en las mismas empresas que antes favorecieron, o podrán hacerse —con tasas de interés preferencial— a alguno de los 320 habitáculos que rondan cada uno el millón y los dos millones de dólares.
Si este proyecto se llega a concretar ¿quién o qué va a frenar al resto de los avaros constructores bogotanos?, ¿cómo se librará el resto de los cerros orientales de la codicia empresarial?, ¿qué pasará con las reservas forestales desde Los Laches pasando por Guadalupe, Monserrate hasta la ronda alrededor del Parque Nacional y con todos esos breves paréntesis de verde que hay desde la calle 92 hasta el infinito de Sopo y más allá…? Así como la Empresa de Renovación Urbana ha expropiado algunos terrenos en pos de un supuesto bien común —que luego se han transformado por arte de birlibirloque en negocio para unos pocos—, ¿no podría esta empresa, o cualquier otra del Distrito de Bogotá, hacer lo mismo con estos terrenos donde los beneficios, el paradigma de conservación y la norma ambiental son más que evidentes?
El país progresa, sí, es claro que hemos tenido pobres barrios de invasión miserables y pobres barrios de invasión de lujo, y que cuando no había regulación, la idea era invadir, destruir y construir lejos, arriba en el cerro, donde las autoridades no llegan o que cuando llegan ya para qué.
En el caso de Megaterra y Monte Rosales el barrio invasivo de antaño y la cantera ilegal se han gentrificado para convertirse en barrio de invasión de lujo, tan lujoso que hasta sus gestores se permiten lavar culpas con filantropía y le “donan” al Distrito una parte del terreno para ver si rezando empatan. El quiebre que antes unos le hicieron a la ley es el mismo quiebre que ahora otros invocan para la autoperpetuación de un torcido en el derecho. La única diferencia es que los invasores de hoy son “gente bien”, con un gran capital, mientras los de antaño fueron “gente mal”, con más recursividad que recursos. Cuando la “gente mal” delinque está mal, pero si a la “gente bien” le va bien haciendo un buen negocio con lo que está mal, todo bien, y el resto en la mala: sin vista, aire, agua o tierra.
No importa. Lo chévere es que hemos progresado, los urbanizadores piratas y destructores de los cerros de antes, los Forero Fetecua, Mariano Porras, Saturnino Sepulveda y Alfonso Cruz ahora tienen mejor presencia y abolengo, se apellidan Mildenberg, Arias, Serna y Saravia.
Lástima, Bogotá sin cerros será un ladrillo.





Arquitortura Bogotana #3
En julio de 2015, sobre la carrera tercera con calle 19, en pleno centro de la ciudad, en medio de un lote inmenso y ruinoso, la Cinemateca Distrital instaló carpas provisionales para celebrar que ahí será construida su nueva sede, una promesa cultural con todos los juguetes que se pueden comprar con una partida estatal de 23 mil millones de pesos. Por una noche, el evento obligó a las ratas de la zona a no merodear la esquina sur de su manzana envenenada.
La velada tuvo un tinte cinematográfico, mientras en pantalla gigante se proyectaban secuencias de películas colombianas, entre los asistentes deambulaba un elenco de actores con atuendos peliculeros, entre ellos, un Bolívar autócrata para Bolívar Soy Yo y un falso embajador hindú para El Embajador de la India. Faltó, sin embargo, dado el contexto de la locación, una película que destacó por su ausencia: La Estrategia del Caracol, de Sergio Cabrera, y como extras para evocarla habría bastado con invitar a los antiguos residentes de ese lote para que representaran el mismo destino sufrido por los personajes de esa tragicomedia: ser desahuciados.
Las decenas de vecinos que residían en esa manzana fueron interpelados en 2005 por funcionarios de un ente distrital, la ERU (Empresa de Renovación Urbana), para notificarles sobre la expropiación que estaba en curso para construir un inmenso centro cultural bajo el auspicio del Gobierno de España y 300 unidades de vivienda. Los habitantes se opusieron a una venta condicionada que devaluaba sus predios y les daba a cambio sumas irrisorias por las inversiones de toda una vida. Durante más de siete años los residentes demandaron a la ERU por la irregularidad de los trámites de expropiación y por un avalúo que no correspondía a la realidad, pero pudo más el acuerdo hecho con los españoles y el poder de coacción estatal que los derechos individuales.
El Distrito ganó el pleito y cuando en el 2011 el Gobierno de España quebró e incumplió sus promesas, quedó claro que el comodín de la cultura se había jugado solo para embellecer el naipe y que lo que siempre estuvo detrás fue una jugada mercantil para favorecer los indicadores de gestión de los altos funcionarios de la ERU, como la gerente Katya González, y a los tahúres del truco inmobiliario.


Hoy toda la manzana tiene un cerramiento metálico con años de parches de pintura, consignas institucionales, pegotes comerciales y pintadas, pero, adentro de este monumento a la gentrificación, la constructora QBO y la promotora Convivienda construyen “City U”, un complejo tan desangelado como su nombre y que contará con tres altas torres de cromo y vidrio, tan brillantes y trasparentes como opaca y turbia ha sido la gestión del predio. El metro cuadrado se ha multiplicado entre 10, 15 y 20 veces en relación al precio de expropiación y la oferta ha gozado de gran acogida comercial.
En La Estrategia del Caracol un grupo de inquilinos va a ser desalojado de una gran casa marchita porque su propietario quiere hacer pasar el inmueble por un bien de interés cultural para crear una burbuja inmobiliaria, los residentes saben que la lucha está perdida pero recurren a todo tipo de maromas para dilatar el proceso. Al final, cuando los autoridades del Estado llegan al predio para dar la última estocada se encuentran con un cascaron endeble que se derrumba y deja ver el vacío: los habitantes se han llevado la casa a cuestas y solo han dejado un mural con el croquis de la fachada y un mensaje digno de despedida: “Ahí tienen su hijueputa casa pintada”.
En medio de la inopia urbanística de las últimas alcaldadas, en la manzana en cuestión una valla pantallera de la Bogotá Humana en consorcio con “City U” anuncia: “Aquí empieza el renacer del centro de Bogotá”. Las maquinaria se mueve diligente junto al set de una sala de ventas. Mientras la realidad comercial avanza a su ritmo, la promesa cultural sigue siendo solo promesa. El área de la muelita cultural de la nueva Cinemateca Distrital está vacía, el concurso para su diseño ya terminó pero no hay señales de que la construcción comience.


Tal vez solo queda invocar la distopía que escribió uno de los antiguos habitantes de esta zona cuando vio que, de la noche a la mañana, su inmueble perdió el estatus de conservación arquitectónica y le llegó la orden perentoria de abandonar su hogar: “he sido expulsado de mi casa junto con los libros de la nutrida biblioteca que, libro a libro, levanté a lo largo de la vida. Alguien debería consignar ese hecho, como un punto más del programa Bogotá capital mundial del libro. Espero que en el futuro el horror sea patrimonio de la ficción y no de la realidad”. Las palabras son del escritor Jairo Aníbal Niño, un artista desahuciado por la promesa de cultura que no le dio tiempo de idear su estrategia del caracol, dos años luego de escribirlas murió en agosto de 2010 viviendo en un apartamento ajeno y alquilado.
La Universidad de los Andes ha anunciado que tomará en alquiler por 10 años una de las torres de City U con capacidad de 600 camas para albergar ahí a estudiantes, profesores y funcionarios. Tal vez en uno de esos habitáculos, un estudiante, profesor y funcionario, que no pueda conciliar el sueño por una sensación ominosa —producto de la mala energía que genera el pasado delictivo y las maniobras leguleyas de los funcionarios estatales y empresas constructoras que asesinaron jurídicamente a los antiguos propietarios para hacerse al lote—, se digne en su vigilia culposa a leer alguna de las obras de Jairo Anibal Niño. El lector insomne podría comenzar con algo de literatura infantil, como lo es Zoro, donde un niño de la selva se enfrenta a un tigre de cristal, gigantes de piel de vidrio y águilas de hielo, o podría pasar a una obra de teatro documental llamada Los inquilinos de la ira que, basada en hechos reales, muestra como un grupo de campesinos —en su lucha por la tierra y por el techo— es asesinado por la fuerza pública.


